La vergüenza nos ayuda a saber hasta dónde realizar una acción, sin que esta se vuelva éticamente deplorable. En otras palabras nos ayuda a respetar el espacio de los demás al llevar a cabo una acción. Es como un medidor que nos muestra lo que está bien o mal. Recordemos que el ser humano es un ser sociable, lo que la vergüenza nos ayuda es a saber en dónde estamos irrespetando el espacio de otras personas. Si realizamos una acción como : estudiar, dialogar, construir algo, etc. si sentimos vergüenza, esto nos dará una alerta de que realizamos esta acción de una manera que perjudica a los demás, si no la sentimos , nos indica que esta acción es buena y no interfiere con el espacio de los demás o quizá va en favor de ellos.
En base a lo anterior tenemos que definir dos tipos de vergüenza: la mala y la buena. La vergüenza buena es aquella que nos pone al alcance del ridículo, al sentir este ridículo nos ayuda a aceptar lo errores y aprender de estos (amplían nuestra experiencia). La vergüenza mala implica el desinterés y el queminportismo, un acto de humillación hacia otra persona.
En la vida cotidiana intentamos evitar el ridículo, así esto signifique someternos al sistema y callar las ansias de poder ser libre, de poder opinar, nos volvemos simples marionetas intentado encajar en un sistema, que quizás no es el apropiado, pero por miedo al rechazo aceptamos.
La vergüenza es un afecto. Gracias al afecto puede darse el aprendizaje. En un ejemplo sencillo tenemos que sentir afecto, sea cual sea este, para poder aprender. Si sencillamente no tenemos algún afecto a lo que aprendemos (indiferencia, queminportismo, etc.), aprenderemos eso que decimos pero en muy poco tiempo lo olvidaremos.
Según Platón la vergüenza es más importante que defender un ideal. La vergüenza nos abre las puertas para aprender, nos ayuda a aceptarnos como seres que sometemos errores pero que de estos errores podemos aprender.
